Manual de supervivencia en el infierno (10)

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

Vuelve al capítulo 1, 2 , 3,  4 5 6 7 ,  9 si no los has leído todavía.

En los primeros días de mi ingrata estadía, cuando aún estaba en la planta alta, en ese mismo lugar, unos  hermanos que empapelaron la ciudad con sus cheques sin fondos, ofrecieron un asado para los compañeros. Así, como si lo hicieran en su casa o en su club.

Se dispusieron mesas en todo el lugar. Cada uno debía proveerse de sus propios platos y cubiertos. Estos hermanos habían hecho instalar una parrilla para el efecto, hasta donde había que ir, plato en mano, para ser servido por uno de ellos el corte de carne correspondiente, un chorizo parrillero y mandioca. El otro hermano servía ensaladas en las proximidades.

Acudió al evento mi esposa, que aún no había decidido rehacer su vida y darme a mí la oportunidad de hacer lo mismo. Cuando lo hizo, le expliqué que en el lugar en que me encontraba era poco apto para eso de rehacer la vida. Pero no me escuchó y se apresuró a rehacer la suya.

En la ocasión del asado se sentó al lado de un ilustre presidiario, Gustavo Gramon Berres, nacido Benjamín Nosecuántos, que, extraditado, casi 25 años después continúa guardando reclusión en una cárcel belga, donde se queja del mal servicio de la prisión, pues a veces se cae el sistema de internet de su celda y tampoco la calefacción funciona muy bien.

Este señor, Embajador Itinerante del Paraguay, que estafó en varios idiomas a distintos gobiernos de países europeos, me contó meses después cómo se había frenado su proyecto de elaborar conmigo un periódico interno de Tacumbú, como le propuse cuando lo conocí y traté un poco con él.

-No le ayuda nada la forma en que su señora esposa se refiere a usted –me dijo el Embajador-. Realmente, por los conceptos vertidos por ella, pensé que era usted el enemigo público número uno y preferí mantenerme lejos.

Encantador el tipo. Nos hicimos amigos y me solía invitar a tomar el té en su celda. El té de las cinco, five o clock tea, donde lo servía en unas tacitas de porcelana. No se hablaba de la causa que lo tenía ahí a cada uno, sino de viajes, lugares conocidos y personajes famosos con quienes habíamos tratado en nuestra vida anterior. Anterior a Tacumbú, digo.

Las celdas sin compartir tenían un precio, claro. Algunos las pagaban y gozaban del privilegio de la privacidad. Esas veladas de té con Gramon, tenían para mí el alivio de cierta intimidad –no se malinterprete-, una conversación inteligente y el descanso de una tarde de mi jarro de lata, sustituido  esa vez por la taza de porcelana. Sería muy hipócrita si no mencionara el atractivo que constituía para mí el jamón serrano que le enviaba su amiga Margarita desde Madrid, las tostadas con mantequilla que en esas tardes sustituían a las galletas-cuartel de mi merienda diaria

Un ayudante del fiscal –maricón él, pero bien intencionado- muchos meses después me dijo algo parecido, respecto a mi entonces esposa

-Dígale que no hable, por lo menos. Pero habla, habla mucho y lo que dice le deja demasiado mal a usted.

Era como estar ahí enterrado y continuaran echando piedras sobre mi tumba.

Sin embargo, un día que me dieron permiso para ir al dentista acompañado de un guardia, ella me recibió en la casa con no sólo los brazos abiertos. Sabía que eso no quería decir nada, pero fue bueno comprobar que la abstinencia no había afectado el funcionamiento de mi sistema reproductor.

Volví al hedor y los horrores de la prisión bastante amargado. Para entonces ya estaba en pleno funcionamiento el Pabellón Escuelita, donde yo era dueño de vida y hacienda de sus ocupantes.

También estaba en sus inicios la “cooperativa” ¡Podemos! que organicé con la ayuda de un guerrillero comunista y una especie de monja laica que nos visitaba.

Se dice rápido eso, pero costó esfuerzo, caradura y perseverancia, tanto el Pabellón Escuelita como La Cooperativa ¡Podemos!

Ya contaré.

….sigue leyendo mañana el capítulo 11 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

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