Manual de supervivencia en el infierno (11)

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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Sandino Gil Oporto era por entonces el Director de la Penitenciaría Nacional de Tacumbú, cuya capacidad declarada era de 750 reclusos. En realidad estábamos ahí exactamente el doble: 1500. Buen tipo. Gramon decía de él que era un administrador de conflictos. Él decía de Gramon que le hacía dudar sobre quién era realmente el director del penal.

Las penitenciarías del país dependían –no sé ahora- de la Dirección General de Institutos Penales, al frente de la cual estaba Jorge Sebastián Miranda, de quien no escuché hablar muy bien.

Doy estos datos para ubicar la época: 1994-95. Ahora Tacumbú tiene más de 4000 internos, según me han dicho. Por fotos y documentales pude ver que se  han hecho muchas edificaciones nuevas. Después de salir, no he vuelto de visita más que dos o tres veces, el primer mes. De modo que cuanto relato corresponde a esa época.

Las muertes por ajuste de cuentas o por encargos venidos desde afuera eran cosa corriente. Equilibraban la explosión demográfica (continuaba llegando reclusos) y el hacinamiento, diría un optimista. La prensa mencionaba sólo las que se enteraba, que eran las menos. También podían matarte si eras antipático, si habías negado un favor, si tenías algo codiciado por otro y no estabas dispuesto a desprenderte de eso, si habías reclamado algo a algún pesado. Estaban además las muertes durante los motines,  festival periódico de saqueo entre los propios huéspedes del hotel.

Con la inactividad, por falta de una planificación laboral, organización y disciplina rutinaria, los tipos vagaban de aquí para allá, tratando de vender lo que habían robado al compañero o a alguna visita, para comprar una bala de marihuana para un porrito o una tapita de merca. A veces, comida: un paquete de galletitas o algo así de los almacenes que funcionaban dentro de la prisión.

Claro, esto lo digo así, rapidito, porque sé de lo que estoy hablando pero cuando lo cuento suelen preguntarme de qué almacenes hablo. Deberé hacer referencia de ellos más adelante, supongo. Pero aquí puedo decir brevemente que en esa caldera del diablo había concesiones otorgadas a ciertos internos. Cantinas, carnicerías, verdulerías, kioscos de cigarrillos y golosinas, parrilladas como restaurantes, cuyas ganancias los “concesionarios” debían compartir con guardias, celadores y algún que otro administrativo. Funcionaban en las propias celdas de los empresarios, en el hueco de una escalera, en algún cubículo originalmente destinado a otra cosa.

Lo notable del caso es que la circulación de dinero estaba prohibida dentro del penal. En teoría se hacía, sí, la vista gorda a pequeñas cantidades para cigarrillos, galletitas y golosinas pero en realidad el comercio movía bastante dinero ahí adentro. Y no hay que olvidarse de los prohibidísimos alcohol, cocaína y marihuana. Las cosas por su nombre. Los proveedores de estas mercancías las hacían pasar por la noche, arrojándolas por encima del muro de más de cinco metros de altura. Un paquete volador rompía alguna vez los vidrios del templo multiconfesional, cuyas paredes corrían paralelas a las de la prisión. Pero ya se sabe que esos vitrales son frágiles y pueden quebrarse con la brisa, al menos se daba esa explicación cuando se barrían los vidrios del piso, al día siguiente.

Los guardias armados que recorrían por encima del muro, en esos momentos debían ausentarse comprensiblemente para atender urgentes necesidades fisiológicas. O miraban a otro lado nomás.

Estos comercios tenían sus empleados-esclavos y con sus patrones eran los únicos que realizaban alguna actividad más o menos regular.

Hice esta digresión porque era parte importante de la cotidianidad de esa cárcel, el movimiento comercial que creaba no poca envidia, codicia y, por fin, riñas.

Los motines, cuya previa se olía en el aire, tenían la función higiénica de desfogar tanta ira y frustración contenida. La mayoría no tenía dinero para pagar una noche en “la privada”, donde venían a pasarla con sus maridos, las esposas, con su amante las amantes, con su amigo las amigas o con sus clientes las prostitutas. A los travestis que tenían su pabellón, quienes comerciaban con ellos, los cogían en cualquier parte.

En este río revuelto, los celadores y guardias ganaban más que los pescadores, con escasísimas y honrosas excepciones.

Los detenidos del crimen organizado o de mafias más o menos poderosas tenían otro perfil y, en general, no estaban en medio de la población penal sino en esas piezas para VIP’s del frente, en la segunda planta, con aire acondicionado, heladera y baño privado. Empezaban a existir los teléfonos celulares y ellos los tenían.

Este era el panorama en el que los viejitos que me mostró el cura andaban por ahí tirados.

Sandino me concedió un espacio bastante grande, con baño, en la planta alta de una edificación que se había hecho para escuela de alfabetización y nunca funcionó. La planta baja estaba vacía y cerrada. Allí estuvieron antes alojados los de “Divisas” y allí llevé mi litera, a 18 viejos que al principio durmieron en el piso. Y, de contrabando,  a Rolando, el guerrillero comunista, que se ubicó en la cama alta de mi litera.

Este Rolando, chileno, más o menos de mi edad, era un personaje temido, declarado muy peligroso y de quien, en ese loquero, me hice amigo. Había sido marino y estudiado medicina hasta quinto curso. Tenía una cultura bastante amplia, más el entrenamiento guerrillero recibido en la Unión Soviética. Participó en el derrocamiento de Somoza, en Nicaragua, estuvo con los sandinistas, organizó grupos guerrilleros en distintos países de Latinoamérica. Había secuestrado civiles a quienes tuvieron, con sus compañeros, como rehenes, había matado milicos y policías en la guerrilla, pero era un tipo íntegro con un alto sentido de la honorabilidad. Me enseñó mucho de defensa personal, pelea con cuchillos y palos y a fabricar bombas con lo que hubiera a mano. Escribía poemas.

Nos respetábamos y nos admirábamos mutuamente, aunque, en teoría, yo era su enemigo ideológico. Discutimos más de una vez y pude apreciar que él se contenía para no torcerme el pescuezo.

Fue de una ayuda invalorable para mí en la implementación de comodidades para  nuestro pabellón. Con maderas y tablas conseguidas o robadas de la carpintería del penal y cajones de embalaje, fabricamos literas. De dos bancos de la iglesia que nos cedió el cura hicimos una mesa en la que cabíamos todos para comer juntos a una hora. Hicimos bancos, un escritorio desde donde yo atendía a la gente, un botiquín donde guardábamos escondidos medicamentos para los viejos. Adecentamos el baño y a varios hubo que enseñar a usar el inodoro.

El baño nunca llegó a tener ventanas con vidrios y, por la abertura donde debieran haber estado, cuando hacía frío, entraba un viento helado que te congelaba al ducharte. Daba a un tejado por donde fácilmente podría entrar cualquier intruso, por lo cual de noche, o cuando había sospecha de motín, la puerta del baño permanecía cerrada, con trancas por fuera. Si entraba alguien por esa ventana, no podría salir del baño.

Muchas noches yo debía permanecer en vela para dar distintos medicamentos a distintas horas a distintos viejitos. Con mis amigos de afuera había conseguido medicamentos, visita semanal de un médico, un freezer, una cocina eléctrica de cuatro hornallas, colchones, mantas de lana nuevas. Poco a poco, no todo junto.

Intenté y logré con casi todos convencerles de aprovechar el tiempo. Algo que procuré ya antes, en La Mixta. Como había presos americanos o ingleses o que hablaban inglés en su país, los convencí  que enseñaran su idioma dando clases a quienes quisieran. Lo mismo hice con franceses y alemanes.

Los viejos fueron recuperando la salud y, al descubrir sus habilidades, les enseñé a sacarles provecho. Así empezamos a vender comida y hielo todos los días, y hamacas paraguayas, redes de pesca, cintos, maderas talladas, pinturas al óleo y acuarelas. La mitad de lo producido con su venta en los días de visita, o cuando Inés, la monja laica que nos visitaba, las llevaba afuera a vender, iba a un fondo común y la otra mitad, al artesano a quien se debía la obra.

Fue el origen de la “cooperativa” que llamé ¡Podemos! para inspirar.

Fue más de veinte años antes de que a Iglesias, en España,  se le ocurriera el nombre para su partido político y unos 2000 años después de que dos discípulos contestaran eso, audazmente, cuando a su Maestro les preguntó si podían beber la copa que le estaba destinada.

¡Podemos!

….sigue leyendo mañana el capítulo 12 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

 

 

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