Manual de supervivencia en el infierno (12)

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Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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Al escuchar contar, leer, o ver películas que transcurren en la cárcel no podemos darnos una idea de  lo que es Tacumbú. Hay temas comunes en todas las cárceles del mundo, supongo. Y hasta la suciedad del entorno puede reflejarse en las películas o describirse en un relato oral o en un libro.

Lo que no puede trasmitirse es el hedor permanente y los sonidos mezclados del griterío de discusiones, carcajadas, distintas emisoras de radios a todo volumen y programas no precisamente culturales de televisión.

Con ese entorno y telón de fondo discurren los partidos de fútbol en  una cancha cubierta, de techo de zinc y piso de cemento, sin el alivio en toda la prisión de un espacio verde, salvo en las canchas camino a La Granja, o en La Granja misma. Pero ahí no hay acceso salvo quienes están destinados a “trabajos granjeros”.

Los temas que se escuchan son lamentaciones de injusticias, pues ahí todos juran ser inocentes, relatos jactanciosos de robos y asaltos de quienes las entradas y salidas de la cárcel son parte de su rutina de trabajo, maldiciones, insultos mutuos, peleas….

Los miserables que se tajeaban el brazo o el cuerpo para exhibir cicatrices que los hacían más machos, muchos con tatuajes –aún no estaban generalizados entonces- pululaban por los patios armando riñas por “balas” de marihuana o tapitas de merca, cocaína contenida en una tapa de gaseosa. Hambre, rabia, hastío, angustia, miedo, esperanza, calor, amenazas, revueltas en ese caldo de puerqueza  y  sonidos caóticos. Había que moverse ignorando el entorno.

Sin embargo, se deslizaban también por ese mar de mierda algunos seres silenciosos. Eran los más inteligentes. Hablaban poco y sabían mucho. Sabían cómo moverse, donde había qué, cómo conseguir cosas. Tenían un tácito código de honor donde está estipulado cómo ciertas transgresiones a esas leyes no escritas, se pagaban con la muerte.

Los demás son la canalla. Las muertes, raterías y demás eventualidades, son groseras entre ellos. Éstos, los silenciosos no. En sus muertes hay un mensaje que debe entenderse. Cuando matan lo hacen por alguna razón, desapasionadamente. Porque es lo que corresponde y nadie dice nada. La delación… ¡bueno…!

Con ellos yo tenía una relación de mutuo respeto. Yo respetaba su código y admiraba su discreción, su saber moverse, su silencio. Y aunque no me consideraban uno de ellos, me trataban como si lo fuera, conservando una respetuosa distancia.

Pude darme cuenta que admiraban y valoraban mi gestión en la Mixta y la creación del Pabellón Escuelita con la atención a los viejos. Admiraban mi valor al emprender yo solo el atraco al banco, como estaban convencidos que lo hice. Mucho después supe que me protegían a distancia, haciendo saber que sería peligroso causarme algún daño.

Me suponían mucho coraje para haber hecho lo que suponían que hice y, sin ningún cómplice, solo, me hubiera levantado con más de cien millones y no hubiera hablado habiendo pasado por Investigaciones. Ellos conocían casi todas las causas que figuraban en los expedientes.

Yo ni me enteraba. Andaba siempre atareado, sin tiempo para pensar en mi propia situación, gestionando ayudas del exterior, las sobras de asados de las parrilladas, medicamentos, mantas, colchones…

Rolando me dijo que parara la mano. Los viejos del Pabellón Escuelita se estaban “institucionalizando”.  Vivían mucho mejor que en sus casas y, efectivamente, a uno que fue favorecido con un indulto, hubo que echarlo quince días después que se le concediera la libertad. No se quería ir.

Los tipos me querían, eso se veía a la legua. Claro, me veían como una especie de mesías que los salvó de su miseria, de su hambre, de su abandono. Y aunque no les di la libertad, también ahora la ambicionaban menos, ya que formaban parte de una comunidad donde se convivía alegre y respetuosamente.

De eso fue de lo que me previno mi amigo el guerrillero. ¡Yo estaba haciéndoles amar su encierro!  Encima, como veían que las notas que escribía obtenían la libertad de algunos, era como si cuando se quisieran ir no tenían más que decírmelo.

Además, su trabajo les proveía algún dinerito y la otra mitad del dinero cobrado veían que se empleaba en el mejoramiento del pabellón y la calidad de vida de todos.

Aunque estaba prohibido el ingreso de personas ajenas al pabellón yo me hice de una especie de despacho donde atendía a la gente. Era un espacio contiguo a la única entrada a la pieza y que dificultaba el paso mientras yo estaba en mi “escritorio”, hecho de maderas de embalaje.

Allí acudían a veces algunos de los pesados, de delitos pesados, sin otra finalidad que la de charlar conmigo. Pero quién le decía nada a un pesado. Además, eran “mis amigos”.

En La Escuelita hubo también algunas historias: la libertad de Prat, el asaltante solitario de una financiera, el tipo al que eché escaleras abajo por querer sobornarme, la noche en que apareció Carlitos con una faca clavada en la espalda, la vez que me llevaron al calabozo, la fuga…

Ya les contaré…

….sigue leyendo mañana el capítulo 13 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

 

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