Manual de supervivencia en el infierno (13)

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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No recuerdo cómo se hacía llamar Pratt, ni cuál era el nombre que figuraba en su prontuario. Me acuerdo, sin embargo, de su apellido verdadero, que sólo conocíamos Rolando y yo.

Prat había pertenecido al SIDE, el servicio de inteligencia del ejército argentino y estaba casado con una médica pediatra que perdió la vida en un accidente automovilístico.

Prat perdió la cordura.

Amaba a su esposa de esa manera como sólo se ve en las películas que se aman dos personas maduras. Según me contó había respeto, admiración y cariño mutuo y mucho buen humor compartido entre ambos.

Hubiera estado fuera de lugar preguntarle si eso fue durante la dictadura de Videla (obviamente que así debió haber sido), y cómo se compaginaba esa vida idílica con su trabajo.

El caso es que se volvió loco. Salió del SIDE y se convirtió en un peligroso asaltante de Bancos, tipo far- west o Bonnie and Clyde: a punta de pistola.

Anduvo asolando varias provincias hasta que tuvo que rajar de la Argentina y, en Paraguay, fijó su residencia en Itapúa. En los primeros tiempos vivió del producto de sus robos fuera del país y se mantuvo limpio en Encarnación.

Hasta que temió que se le acabara la plata y decidió reforzar sus ahorros. Tenía negocios con algunos turcos en Ciudad del Este y Foz de Iguazú, pero como no se fiaba mucho de ellos, prefería tener su propio colchón oculto.

En Encarnación conocía poca gente pues prefería la soledad y no trataba con nadie. De modo que tuvo dificultad para conseguir los cuatro compañeros que, según lo planeado,  necesitaba para asaltar la casa de cambios que había elegido como objetivo de su próximo trabajo.

Eran novatos que simularon experiencia y matonería al tratar con él, que se veía un tipo educado y cuidadoso. Los contrató, pues, a ciegas y el resultado fue que en pleno asalto, se asustaron cuando sonó una alarma.

Salieron corriendo como ratas por tirante, como suele decirse, y lo dejaron pagando a Prat. Solo, con la pistola en la mano, en medio del patio de operaciones de la casa de cambios.

Se le abalanzaron encima cinco gorilas que lo redujeron pese a la tenaz defensa que opuso a su arresto. Aunque bastante magullados los cinco, consiguieron llevarlo a la comisaría, donde los compañeros de los policías intervinientes, como dicen los locutores, y ellos mismos, se tomaron la revancha, haciéndole pagar a golpes los que él había propinado a sus camaradas.

En el revuelo de la financiera desapareció una importante cantidad de dinero en efectivo, cuya responsabilidad se atribuyó al asaltante, que ni tiempo había tenido de acercarse a una caja y menos de sacarlo fuera del edificio.

Pero estaba el hecho de que cuatro de sus cómplices habían escapado, y a ellos podría haberle entregado una bolsa, o lo que fuera, conteniendo la plata. Evidentemente, fue obra de un gil avivado, como dicen en su jerga. Tal vez el propio gerente en complicidad con un cajero. Fue fácil atribuir a Pratt la falta del dinero.

Lo que se suponía debía ser una interrogación indagatoria fue una sesión de tortura donde lo cagaron a patadas ante la mirada impasible del juez, cuyo nombre omito porque, a estas alturas, es irrelevante aquí. Pero no se me olvida.

Como no soltó prenda, porque no había prenda que soltar, y amenazó con denunciar el procedimiento, el juez se las arregló para remitirlo a Tacumbú, donde su proceso se perdería en los insondables vericuetos de la administración de justicia.

Cuando parecía consolidada nuestra amistad, me pidió que le escribiera una nota dirigida a la Corte Suprema de Justicia, solicitando su traslado a la cárcel de Encarnación, jurisdicción que le correspondía.

-Allí me será más fácil escapar –me dijo.

No diría que Pratt pareciera un Jesucristo, con su negro pelo hasta los hombros y su barba que no dejaba ver su boca sin dientes, dejados en la comisaría de Encarnación. Era más bien la idea que yo tenía de Rasputín.

Dudé un instante. Si mi nota surtía efecto, sería cómplice de un asesinato. O de más de cinco, si mi nuevo amigo decidía, antes de fugarse, vengarse de quienes tan mal lo castigaron.

-No temas –me leyó el pensamiento-. Ellos sólo hacían su trabajo-.

Él sabría bien por qué lo decía.

Mi nota surtió efecto. Como  todas, iba con copia a la Comisión Bicameral de Derechos Humanos, Droits Humaines, Strasbourg, y Amnisty International, Geneve y, de paso, en el petitorio de traslado, se mencionaba el maltrato sufrido en la indagación del delito ¡en presencia del juez!

Ya no recuerdo cada cuánto tiempo, periódicamente,  había – y seguirá habiendo- la ansiada por la mayor parte de los presos, Visita de Magistrados. Se instalaban mesas y sillas alineadas largamente bajo el tinglado de la cancha embaldosada, donde se sentaban los Ministros de la Suprema Corte y Magistrados que atendían causas de reclusos internos en ese penal.

En la Visita de Magistrados, posterior a la emisión de la nota que redacté y firmó Pratt, fue llamado por un Ministro de la Corte. Eso de emisión se dice rápido. Pero sacar una nota del penal era toda una hazaña que puede que cuente luego.

-Aquí tiene el dictamen con su orden de libertad –le dijo el Ministro, y dice que añadió furibundo-: Pero ¡salga del país hoy mismo!

Me lo contó Pratt, presuroso, aún mojado de la ducha que se dio y sin siquiera secarse antes de vestirse y salir por la puerta del Portón 2, dirigiéndose a la calle. Fue la única vez que lo vi vestido con camisa, pantalones y zapatos. Siempre andaba con una gastada bermuda azul, sin camisa, calzado con unas viejas zapatillas japonesas.

El primer día de visitas después de eso, me notificaron que un tal Jacinto Juárez deseaba verme. Mientras bajaba las escaleras de acceso a nuestro pabellón se acercaba caminando por el patio, con mucha seguridad, un hombre de traje beige y sombrero panamá que, al verme,  sonrió una sonrisa de dientes blanquísimos, descubrió su cabeza calva, reluciente al sol.

Se acercó a mí cuando terminé de bajar las escaleras y me estrechó en un efusivo abrazo, susurrándome al oído:

-Un Mercedes turbo, verde clarito, de último modelo, cero kilómetro, te espera en Ciudad del Este cuando salgas. Allá podrás firmar la escritura a tu nombre cuando te lo entreguen, en esta dirección –y puso un pequeño papel doblado en mi mano derecha, al estrechármela, despidiéndose de nuevo.

Jamás hubiera podido reconocer a Pratt en este sujeto, además de calvo, de tan perfecta dentadura y tan pulcramente afeitado que parecía lampiño.

….sigue leyendo mañana el capítulo 14 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

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