Manual de supervivencia en el infierno (14)

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Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

Vuelve al capítulo 1, 2 , 3,  4 5 6 7 ,  9 10 , 11, 12, 13 si no los has leído todavía.

Una noche estábamos en el Pabellón Escuelita viendo una película en el televisor que doné cuando llamaron a la puerta. Todos se miraron y dirigieron la vista hacia mí esperando ver qué hacía. Era de noche, pues.

A esas horas, cuando todo el penal está sumido en la oscuridad y el silencio, no hay posibilidad de recibir una visita de ningún tipo, por la prohibición de salir de las celdas o abandonar el pabellón que corresponde a cada uno.

Antes de que yo decidiera nada, fue a abrir Rolando y volvió al interior de la pieza llevando a Carlitos semi colgado de su hombro y cuello y rodeándolo por la cintura. Tenía un cuchillo clavado en la espalda, más o menos a la altura del omóplato derecho.

Los viejos estaban espantados, excepto uno, particularmente hijo de puta, que exigía echar escaleras abajo al herido, que nos iba a comprometer, que era un ajuste de cuentas y ayudarlo era ponernos de su lado, ganándonos la enemistad de sus enemigos…. Le pregunté si le gustaría que hiciéramos eso con él. Se calló y quedó refunfuñando. Creo que este me odiaba a muerte. No podía sufrir la idea de vivir mejor gracias a mi intervención. Supongo que siempre habrá sido un duro que no quería deber nada a nadie. De hecho, no comía con nosotros, que bendecíamos antes de comer y dábamos las gracias al terminar. Salía por ahí a rebuscarse.

Gracias a los conocimientos médicos de Rolando y su experiencia en la guerrilla pudo practicarle una buena curación al herido, tumbado boca abajo sobre nuestra larga mesa. Mientras el exguerrillero sacaba de un tirón el cuchillo, limpiaba, desinfectaba, aplicaba una pomada cicatrizante y cosía la herida, proporcioné al paciente un oculto anestésico de diez años de añejamiento que tenía escondido y le di un cigarrillo encendido que le ayudó a soportar el dolor de la manipulación en su espalda sin decir ni pío.

Esos eran tesoros que yo tenía bajo candado con llave en un botiquín que hicimos y se alimentaba de medicamentos, algunos prohibidos en el penal, como los tranquilizantes y las jeringas y agujas. Al hablar de agujas debo aclarar que la herida fue cosida con aguja e hilo común, de coser ropa, que teníamos en nuestro costurero, convenientemente desinfectados con alcohol rectificado, también prohibido.

Carlitos era un asaltante peligroso, eventualmente robacoches, exteniente de caballería,  entrenador de perros, perteneciente a esa tácita élite silenciosa de la que  hablé antes. A veces tenía sus deslices. Lo ocultamos durante los dos días de su convalecencia y salía sólo para asistir al control diario que hacían los celadores en todos los pabellones a la misma hora del atardecer.

En esos dos días, gestioné su traslado a nuestro pabellón. No fue fácil porque su edad no justificaba la permanencia en esa especie de pabellón geriátrico. Lo conseguí aduciendo los mismos argumentos con los cuales obtuve el traslado de Rolando quien, como yo, no pasaba de 47 años. Carlitos no llegaba a los 40, pero aduje la utilidad que tendría para nosotros sus conocimientos de albañilería, plomería y electricidad. Bola, claro.

Se quedó con nosotros, y fue quien descubrió el túnel. Pero esa es otra historia.

….sigue leyendo mañana el capítulo 15 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

 

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Escritor
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