Manual de supervivencia en el infierno (15)

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Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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A medida que van pasando los años, voy entendiendo algunas cosas al recordarlas. Anoche pensaba cómo cuando están ocurriendo no se es consciente de que aquello que está pasando es algo irrepetible, que hecho de una forma puede tener tales consecuencias y hecho de otra manera, las derivaciones y resultados de la acción pueden ser muy otros.

Cuando se me ocurrió unir los resortes de viejos bolígrafos, meterlos en una cuna que hice con un clavo en un ladrillo, conectarlos a un cable y meter el otro extremo en un tomacorriente instalado en la pared, al ver que los resortes se ponían al rojo, no sabía las repercusiones que aquello tendría.

Puse un jarro de lata con agua sobre el ladrillo que contenía en su cuna los resortes al rojo vivo y al rato el agua hervía. Había inventado la cocina eléctrica. Eso dio origen a que empezáramos a cocinar penosamente sobre el ladrillo, para nosotros, independizándonos de la asquerosa comida del penal. A que hiciéramos tortillas, arroz con leche y otras delicias que comenzamos a vender.

Conseguir una cocina eléctrica de verdad se convirtió entonces en una necesidad que nos proporcionó dinero cuando tuvimos la cocina. De esta forma se encadenaron otros hechos que dieron origen al pensamiento de ¡Podemos! que fue creciendo en mi interior y fui contagiando a unos cuantos.

Otros, simplemente se beneficiaron con nuestros pensamientos y adelantos. Frases como la de que todas las posibilidades se abren a la organización con la que martillaba Rolando, se iban instalando en aquellos miserables.

Pero la idea de que podemos, si nos proponemos y perseveramos en algo, ¡podemos!, fue un descubrimiento que cambió la vida a unos cuantos, en aquel momento y se propagó en muchos con el paso del tiempo. Pienso que fue el origen del Pabellón Libertad que hoy cuenta más de 500 miembros y exporta a otros países sus productos por valores superiores a los diez y quince millones de guaraníes al mes.

No me extiendo en detalles que ya he mencionado en el libro En Tacumbú. Sin embargo ese mismo libro es un ejemplo de lo que digo. Escribía en un cuaderno anécdotas, descripciones de algunos personajes, comentarios, sin pensar que estaba escribiendo un libro.

Quince años después reuní todo ese material y lo convertí en un libro. Jamás se me hubiera ocurrido que iba a vender 15.000 ejemplares en un día y que reeditado más completo iba a ganar un premio internacional.

Uno hace las cosas como arrojar una piedra al agua sin saber a qué lejanas playas llegarán las ondas concéntricas producidas en la superficie. El efecto mariposa, escuché  llamar a lo mismo o algo parecido, enunciado de otra forma.

La cuestión es que en esos días me olvidaba de dónde estaba, entusiasmado con los pequeños logros que significaban un profundo avance en nuestra calidad de vida y nuestro entorno, Sin dinero, sin pagar nada a nadie, ni protección, ni privilegios, ni ventajitas. Nada. Todo a pulso.

Por eso mi reacción habrá sido esa. Un atardecer, noche casi, un tirifilo dirían los porteños, tembloroso y obsecuente sujeto muerto de miedo, llegado ese mismo día a la cárcel, se entrevistó conmigo en el extremo más alto de la escalera de acceso a nuestra pieza y  me rogó que lo admitiera en La Escuelita.

Al explicarle que no podía ser, que ese pabellón había sido creado para gente de cierta edad, el tipo se quiso hacer el canchero y, sonriendo en actitud cómplice, me dijo que comprendía que toda regla tiene su excepción.

Al volver a negarme, sacó de su bolsillo dos billetes de 100.000 y me los ofreció por sólo una noche de pasar bajo la protección de La Escuelita en nuestra pieza y compañía. Que al día siguiente su gente lo sacaría de allí, dijo sobrador.

Todo el esfuerzo que había sido necesario para conseguir el ambiente de La Escuelita, todo el esfuerzo por cada pequeño logro obtenido sin dinero, con puro esfuerzo e ingenio, todas las humillaciones que hube de tragarme y pasarlas por alto, el hambre, la sed, el frío, el calor, las amenazas… pasaron por mi mente y se concretaron en las manos con las que agarré por las solapas al tipo y lo empujé escaleras abajo.

-Maldito maricón cobarde –pensé. No sé si lo dije.

El guardia que lo había conducido hasta mí estaba  al pie de la escalera y lo ayudó a incorporarse. Era él realmente el responsable de que el pobre infeliz miedoso creyera que, simplemente, lo conducía a la seguridad merced a un desembolso, como funcionaba todo ahí. El celador tendría su parte en la transacción dinero-seguridad. Yo estaba mudo de ira y sólo lo señalé con el dedo. El guardia bajó la cabeza y se alejó con su protegido. No lo volví a ver, de modo que realmente su gente habrá conseguido el mecanismo para sacarlo al día siguiente.

No me avergoncé de mi actuación, aunque en un primer momento me asustó mi reacción. Podría haber entrado dándole la espalda sin más. O el tipo podría haberse roto el cuello en la caída. Pero ese grosero intento de soborno me sublevó.

Sin embargo, el hecho contribuyó a aumentar mi prestigio. Con don Silva no se puede joder, decían. Redobló el concepto en que me tenían los pesados.

….sigue leyendo mañana el capítulo 16 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

 

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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