Manual de supervivencia en el infierno (16)

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Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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Cierta dama de nuestro medio cultural, referente de nuestra literatura paraguaya, leyó mi libro En Tacumbú.

-Está muy bien escrito –me dijo. Y añadió con una sonrisa, no sé si pícara o malévola: pero son muy  buenitos tus presos. Se ve que no te documentaste bien.

No valía la pena aclararle nada. Que la “documentación” fue en vivo, en directo y en carne propia. Yo mismo admito, en el prólogo del libro, que es un texto casi poético, que sus páginas no chorrean sangre, como muchos esperan de su título.

Pero a quienes me preguntan cómo sobreviví, cómo no me quebré y cómo no me amargué al salir al querer hacer una contrademanda a quienes hicieron la denuncia de los delitos que se me atribuyeron y no poder iniciar una acción legal porque mi expediente había desaparecido, les digo simplemente, que no lo sé.

Y es verdad. No utilicé ningún método, ni apliqué alguna técnica ni disciplina de supervivencia. Como dije anteriormente, las cosas ocurrían simplemente. Yo vivía cada suceso de cada día, así. Día a día.

En cuanto a que “mis presos” fueran muy buenitos, tal vez, a mis ojos lo eran. Creo que el mundo, las cosas, las personas son como cada uno las ve. Yo tengo la dicha de ver siempre botellas medio llenas. Lo de “si tienes un limón haz una limonada” vale para mí.

En el caso particular de ese año que pasé en la cárcel, habiendo perdido todo, familia incluso, pensaba yo, no me quebré, supongo, porque vi a otros más miserables que yo y quise enseñarles a cambiar. A cambiar ellos, a cambiar su entorno.

Me agarró como un sentido de “para eso estoy aquí”. Un no importarme tanto lo que yo estuviera pasando, total, peor no podía ser. Tal vez haya sido un mecanismo de defensa y al estar convencido de las cosas que podía y debía hacer, le dio ese sentido a mi vida en ese momento. Como una misión que tenía y era más fuerte que mi propia seguridad y bienestar. Paradójicamente, no preocuparme de eso me favoreció.

Otros se desesperan: la libertad que no llega es su único objetivo su obsesión, pero el tiempo pasa. Todos los días son iguales. Recurren al clandestino alcohol, a las drogas, al comercio interno de lo que puedan, a las prostitutas que se consiguen a través de los guardias o a los travestis internados  como todos por algún supuesto delito.

Otros más desesperan de la libertad vía tribunales y planean fugas.

He dicho que la pieza que ocupaba el Pabellón Escuelita estaba en una planta alta. La planta baja permanecía cerrada y vacía.  Nunca se me ocurrió plantearme qué podía haber ahí y nunca supe si había algo o no.

Lo que sí supo luego todo el penal, cuando se destapó el asunto, es que ahí había un túnel.

Carlitos, el peligroso y escurridizo Carlitos, estaba en el asunto.

….sigue leyendo mañana….mañana publicamos los dos últimos capítulos (17 y 18) de esta apasionante novela. Estate muy atento y esperamos tus comentarios al final.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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