Manual de supervivencia en el infierno (17)

Tanumba Manual de supervivencia en el infierno Raul silva alonso lafabricadelaspalabras

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

Vuelve al capítulo 1, 2 , 3,  4 5 6 7 ,  9 10 , 11, 12, 1314 15, o 16 si no los has leído todavía.

Basado en ese hecho real hace años empecé a escribir una novela: El día del eclipse era el título. Escribí ocho capítulos donde relataba la vida y las circunstancias de seis personajes no tan imaginarios que recalaban en la cárcel, donde se conocían.

Comprobando que las gestiones legales de sus abogados no conseguirían la libertad que esperaban, deciden fugarse a través de un túnel. A partir de ahí, mi novela dejaría de ser fantasía y relataría la historia real del túnel.

Pero por circunstancias ajenas a mi voluntad, como suele decirse, la carpeta donde estaban los ocho capítulos se extravió en mi traslado de vuelta al Paraguay. Deben estar en algún lado. Las cosas no desaparecen, suelo decir. Se extra-vían, salen fuera del camino… habitual. Todo cuerpo ocupa un lugar en el espacio. Y en algún lado estará.

La historia real inspiradora la novela que tal vez vuelva a escribir es esta:

Carlitos desaparecía todo el día de la pieza que era el hábitat del Pabellón Escuelita. Se había recuperado pronto de la cuchillada recibida en la espalda, gracias a nuestros cuidados, de Rolando y mío, y salía a jugar fútbol o voley en cuanto pudo movilizar el brazo derecho.

Cierta vez que lo necesité para no sé qué, sin embargo, no pude dar con él por ningún lado del penal. A mí, el Jefe de Seguridad me había dado una tarjeta de identificación que me permitía andar por todos lados. Pasaba portones que encerraban enormes espacios en compartimientos estancos, vedados a los demás internos. Comenté con Rolando esas esporádicas desapariciones y, discretamente, cuando volvió a aparecer y desaparecer luego, lo seguimos sin que lo percibiera.

A la hora de la siesta, cuando el sopor del calor, tenía a todos metidos en sus cuevas, él bajaba y en un acto que parecía de ilusionismo de feria, desaparecía por la cerrada puerta ubicada medio oculta en la planta baja.

La edificación donde estábamos instalados en la planta alta, se encontraba ubicada a unos diez metros del muro que nos recluía a todos en la prisión y comunicaba con el exterior.

En resumen, desde la planta baja del Pabellón Escuelita, se estaba cavando un túnel que iba en dirección a la calle por abajo del muro del penal.

Los conjurados para el efecto eran seis, incluyendo a Carlitos y a un adicto al que suspendieron su dosis para que no se le fuera la lengua estando volado.

La tierra era blanda luego de trasponer el piso y la pared de los cimientos del edificio. Lo hicieron recurriendo a maderas talladas en puntas, mangos de metal de cucharas y cuanto objeto puntiagudo pudieron obtener, turnándose en la tarea de escarbar.

Practicado un hoyo como para que entrara un hombre en cuatro patas, la excavación se realizaba con platos. La tierra extraída iba acumulándose en montañitas diseminadas por toda la oscura planta baja de La Escuelita.

La luz, ya en el hoyo, no en el recinto de planta baja, para que no llamara la atención afuera, la proveía un foco. Primero fue una bombilla y al extenderse la longitud del túnel, otra, otra y otra.

Pronto el espacio se hizo irrespirable. Todo el coraje y el espíritu de espeleólogos que pudieran haber tenido esos hombres-topo, no fue suficiente para continuar. Entonces idearon un sistema, no sé si decir de ventilación, sino de una forma para obtener  un soplo de aire hasta el fondo donde hubieran avanzado.

Unieron con cinta adhesiva multitud de bolsitas de las utilizadas para hacer hielo, fabricando así algo como una manguera. Iba sostenida a lo largo del túnel por unos aros hechos de alambres fijados a la tierra del techo.

A la entrada del túnel, la manguera iba ensanchándose merced a bolsas progresivamente más grandes unidas a ella hasta la primera, del ancho del diámetro de la circunferencia de un ventilador.

Adherido fuertemente todo su perímetro con cinta aisladora a la jaula  que protege las aspas del ventilador, al hacerlo funcionar enviaba aire a través de la manguera de bolsitas hasta el final del túnel. A medida que este se prolongaba se añadían más bolsitas.

La energía eléctrica que proveía de luz a los focos y movía las paletas del ventilador, provenía de un enchufe del baño de La Escuelita, disimulado con cajas de cartón tapando el cable, cuando todo el ingenio estaba en funcionamiento. Se retiraba cuando no se estaba trabajando.

La salida al exterior, fuera de la penitenciaría,  estaba prevista por una de esas aberturas con tapa de las obras sanitarias. Allí estaría estacionada una camioneta Combi. Una abertura en el piso del vehículo les permitiría subir sin ser vistos, utilizando los escalones de varillas de Essap (Empresa de Servicios Sanitarios del Paraguay) para subir y bajar.

Todo estaba calculado con una precisión matemática y una coordinación admirable. Las obras debían realizarse contra reloj, ya que el momento fijado para la salida tenía día y hora.

Debía ser el 3 de noviembre de 1991, entre las nueve y nueve y media de la mañana. ¿Por qué ese día y esa hora? Ese día y en esa media hora habría -¡y hubo!- un eclipse total de sol.

El cielo se oscureció, aparecieron miles de estrellas, las aves desatinadas volaron a sus nidos en silencio y todo el mundo estaba pendiente del cielo y el fenómeno solar. Todos. Nadie bajaría la vista al suelo ni advertiría la camioneta en medio de esa calle habitualmente sin tráfico.

No ocurrió así. ¿Qué pasó? Como siempre, el factor humano.

Dije que uno de los presuntos prófugos era un adicto y que le privaron de sus dosis periódicas para que no hablara. Él, desesperado en medio de un  síndrome de abstinencia, vendió a sus compañeros por unas cuantas dosis.

A medida que fueron emergiendo y subiendo a  la camioneta por la abertura, iban siendo apresados y silenciados por divertidísimos policías que se burlaban de su intento. El chófer maniatado, con la boca tapada con cinta de embalaje y esposado, se encontraba resignado en el asiento de al lado del conductor.

Carlitos, que era una luz, iba  último en la fila de fugitivos. Percatándose de que algo malo ocurría, volvió atrás arrancando cables, bolsitas, alambres, ventilador y deshaciendo toda evidencia que pudiera inculpar a La Escuelita, a la velocidad de un tornado.

Los viejitos de La Escuelita, desde luego, no sabían nada. Pero Rolando y yo pasamos meses difíciles, entre la obligación de proteger con nuestro silencio a quienes trabajaban abajo por su libertad y asegurar la continuidad del Pabellón, o denunciar a los topos por el mismo motivo.

De cualquier forma, si se sospechaba que algo de La Escuelita, o alguien, había colaborado en la construcción del túnel, siquiera con su silencio, sería el fin del Pabellón tan penosa y esforzadamente implementado.

Moralmente, quienes intentaron escapar, tenían el beneplácito del padre De la Vega, jesuita Director de la Pastoral Penitenciaria, un hombre entero, íntegro, sostenedor de que la fuga era un derecho del preso.

Como Carlitos nos había expuesto a todos con su actuación, se encargó de hacer desaparecer toda huella que pudiera inculpar a alguien de La Escuelita. Le dije que no podía seguir con nosotros. No hubiera hecho falta decir nada. Comprendió y se mudó a otro pabellón. No volví a verlo.

Los cuatro topos, en su declaración, nos no involucraron por la procedencia de la energía eléctrica. El quinto no dijo nada porque, según contaron sus compañeros de aventura, se ahogó al atorarse con un trozo de pan, horas antes de que le interrogaran y no pudieron hacer nada para ayudarle. Así falleció. Accidentalmente.

….sigue leyendo hoy mismo….el último capítulo, el 18!!! Raúl y yo esperamos tus comentarios al final!

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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