Manual de supervivencia en el infierno (18)

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

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Muchos que saben de mi estadía en la cárcel o han leído En Tacumbú, el libro del premio internacional, me preguntan cómo pude sobrevivir en ese infierno.

Otros que tal vez se pregunten lo mismo, no dicen nada y me miran con desconfianza, como diciendo “algo habrá hecho”, como pensaban de los desaparecidos o detenidos en las dictaduras.

No doy explicaciones, que piensen lo que quieran. No tiene importancia. Menos aún después de más de veinte años. Tampoco la tuvo en la Resolución del Juzgado que decretó mi libertad. No se me consideró culpable. Ni inocente.

Salí por “compurgamiento de pena”, como yo mismo indiqué a la Corte en una de mis notas, cuando Rolando me dijo que ya era hora de hacer algo por mí mismo, al respecto pensé que tenía razón. Hice la nota diciendo que aún si hubiera sido culpable, ya había pasado el tiempo de la condena, de haberla merecido. Y salí. Salí como habían salido otros quince, merced a mis notas.

¿En qué consistió y cómo se manifestó mi liderazgo en ese lugar fatídico?

Recuerdo aquí algunos conceptos que luego leí en libros sobre el tema, sorprendido yo mismo, de cómo llegué a ser un jefe indiscutido en medio de tanto canalla:

“Es jefe quien sabe, quiere y realiza y también hace saber, querer y realizar” dice Gaston Courtois.  “Quien sabiendo lo que quiere proporciona el esfuerzo al fin pretendido”. “Es quien sabe hacerse obedecer y amar a la vez”.

Indudablemente, los viejos me querían. Pero luego llegué a la conclusión de que ese era el sentimiento de casi todo el penal, incluyendo guardias y celadores. No era miedo, porque no tenían de qué temer. Tampoco respeto, solamente. Fue cariño, quizás por la obra que evidentemente yo estaba realizando.

“Ser jefe, continúa Courtois, consiste en hacer trabajar a los hombres en comunidad, en conocer y utilizar lo mejor de las habilidades de cada uno, en señalar el puesto más eficaz para cada uno, en infundir en todos el espíritu de solidaridad y de igualdad en la faena de la cual son responsables en los diferente puestos de un mismo equipo o cuadrilla”.

“El jefe no se conoce por la electricidad de la mirada, ni por la prominencia del maxilar, ni por los labios finos. No se define por señales externas, sino por una misión propia. Él es, sobre todo, quien toma sobre sus hombros la carga de los demás”, concluye Courtois.

Todo esto habrá sido lo que ocurrió conmigo en Tacumbú. Yo no lo sabía, pero así lo viví. Soy creyente y creo en el Espíritu Santo. Otros lo llamarán intuición, corazonadas. Además de la increíble protección que tuve en esos 365 días exactos, esa sabiduría que empleé en circunstancias tan ajenas a mis conocimientos, no tiene para mí otra explicación que la de haber sido guiado inadvertidamente por un poder superior.

En los primeros días de mi libertad, tenía temor hasta de cruzar la calle, considerada por mí más peligrosa que cruzar un patio del penal a medianoche. Durante más de un año nunca me senté en un lugar público dando la espalda a la puerta de entrada. Siempre con una pared detrás de mí. Yendo por la calle, llevaba el dinero más o menos importante, bajo las medias, oculto en mis calcetines.

Continué practicando los ejercicios de defensa personal que me enseñara Rolando, cuando me fui del país disgustado de la conducta de mi esposa que, viviendo ya con otro, tuvo relaciones conmigo las veces que nos encontramos. Yo, por el año de abstinencia, hubiera tenido relaciones con una escoba que pusieran en mi cama.

Mi expediente había desaparecido y no tenía forma legal de demostrar que se me había encerrado durante un año sin siquiera juzgarme. Aunque yo no deseaba la relación de dependencia ¿quién me emplearía con ese antecedente? ¿Empezar un negocio sin capital?

Mi idea fue enrolarme como marinero en un navío de ultramar, con la esperanza de llegar a Tahití a radicarme y escribir allí mis aventuras en el mar hasta llegar a ese puerto.

Tuve la fortuna de que dos damas se enamoraran de mí y me dieran cobijo en sus casas. Una, antes de llegar al puerto de mar donde partiría, era la  mujer más bella que he conocido, diez años menor que yo, con una muy buena posición económica, me planteó que fuéramos a vivir a las Canarias, donde tenía propiedades y amigos. Era alcohólica,  la dejé sin explicaciones y continué viaje.

La otra, de mi edad, fue un amor que veinte años atrás no pudo ser y siempre me había esperado. Yo también la había considerado el gran amor de mi vida, idealizando, quizá, lo que no había podido ser.

Viví con ella casi siete años, en un lugar de ensueño, a cincuenta kilómetros de Buenos Aires. Aunque el entorno era paradisíaco, para sobrevivir hube de apelar al entrenamiento que me dio el año anterior en la cárcel.

Corté kilómetros de césped de casas ajenas, pinté y limpié piscinas, hice masajes, enseñé a conducir, vendí verduras en un carrito tirado por un caballo, fui “remisero” y tuve un bar ganando la licitación en una universidad.

En esos años, me encontré en una estación de tren con El Panzón, compañero argentino de reclusión en los años de Tacumbú, que en esos momentos se ganaba la vida vendiendo muñecos de peluche por la calle. Me contó cuánto me habían buscado con Steve, traficante “cocinero”, para que llevara maletines con dinero a Suiza. Me pagarían U$S 30.000 por viaje.

Con Steve yo jugaba bagamon en la prisión. Luego de salir yo, se escapó  pagando U$S 40.000 para falsificar las firmas de Ministros de la Corte Suprema, concediéndole la libertad. Una vez fuera de la cárcel salió inmediatamente del país y continuó con su negocio.

Me enteré que apenas me ausenté, la disciplina y la organización de La Mixta y La Escuelita se fueron a la mierda, en palabras de mi eventual compañero. Sólo unos pocos continuaron trabajando y comerciando sistemáticamente, como les había enseñado.

Me despedí del Panzón con un abrazo, pensando en los afectos que se crean en ciertas situaciones difíciles. Pero mi deseo era no volver a ver a ninguno de quienes compartieron ese tiempo infernal conmigo.

Finalmente, me separé también de aquella estupenda y generosa mujer, dejándola plantada al pie del altar. Reconozco mi canallada, más honesta, sin embargo,  que casarme con ella sin quererla ya, por puro interés. Planeábamos ir a vivir a El Escorial, a pocos kilómetros de Madrid

Por fin, en contra de mis previsiones, volví al Paraguay, insensatamente decidido  a vivir de la Literatura y la venta de libros. No me fue tan mal. Empecé a presentarme y ganar certámenes de narrativa. Publiqué libros que se vendieron bien. Continúo en eso, no porque sea tarde para dedicarme a otra cosa, sino porque, si existe lo que llamamos vocación, ésta en la mía: escribir.

Y así es como termina el increíble relato de Raúl. Una historia que, al menos a mí, me enseñó mucho sobre el liderazgo, uno de los temas de los que suelo hablar en La Fábrica de las Palabras. 

Estoy segura que a Raúl le va a hacer muchísima ilusión recibir tu comentario estés donde estés. Anímate, y cuéntale si te gustó y si crees que debería tener su propio blog, díselo para que rompa su barrera con la tecnología. 

Si quieres seguir leyendo sobre Raúl, la entrevista que le hice te interesará. 

 

 

 

 

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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