Manual de supervivencia en el infierno (9)

 

Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

Vuelve al capítulo 1, 2 , 3,  4 5 6 7 , 8 si no los has leído todavía.

La Granja era exactamente eso: una granja.

Ubicada a una distancia, desde los edificios del penal, de dos canchas de fútbol  que se atravesaban para llegar hasta allí. Dicen que se cultivaban verduras y hortalizas utilizadas teóricamente para la comida de los presos.

No sé, en realidad, qué destino tendrían las verduras y hortalizas allí cultivadas si es que algo se cultivaba. La Granja tenía su verdadera productividad en los presos que ocupaban una casita situada en el mismo predio.

Allí iban los detenidos aún sin condena que, por una NO-MODICA suma, podían consumir bebidas alcohólicas y prostitutas a discreción. Podían salir por las noches, si querían, en sus propios coches estacionados ahí mismo y disponían de sumisos esclavos para cualquier servicio que les pluguiera, por migajas que los presos destinados a eso aceptaban complacidos y obsecuentes.

La Mixta había adquirido fama de “lugar de respeto” y yo… no sé… pero, en general, me respetaban. Hubo situaciones en las que pasé miedo. No puedo negarlo ahora. Pero entonces, no podía demostrarlo, dado que, cada vez mayor cantidad de reclusos me iba conociendo y formándose una idea -falsa, aclaro- de que estaba ante alguien que ocultaba algún poder, por la seguridad con la cual se movía.

Cierta vez hube de enfrentarme con un pobre infeliz a quien llamaban Rambo por su físico musculoso y aparentemente atlético. Me robó un libro y le pedí que me lo devolviera. Se negó y ¡bueno! avancé hacia él con actitud amenazadora y con tan buena fortuna que Rambo, al retroceder, tropezó con una mancuerna detrás de él y cayó de espaldas al suelo. Antes de lo que tardo en decirlo, le puse un pie en el cuello y una rodilla en el pecho, advirtiéndole que no se metiera conmigo.

Muchos vieron eso y a medida que lo contaban iba exagerándose la historia hasta el punto que el propio Rambo habrá creído la versión de que lo cagué a patadas. La verdad es que de no ser por ese accidente fortuito con la mancuerna, el tipo me hubiera molido a golpes. Pero eso él no lo sabía y creyó la historia que contaban de cómo le perdoné la vida cuando lo tenía a mi merced.

Esta y otras historias como la del lugar limpio y disciplinado en el que se convirtió La Mixta por mi intervención, habrá llegado a la dirección del penal, para que el director me hiciera llamar y me ofreciera trasladarme a La Granja.

No podía rechazar la oferta, lo cual le confirmaría mi fama de loco con la que ya se habría quedado cuando le pedí bajar con los presos comunes. Lo de presos comunes se entiende que me refiero a los presos sin privilegios.

Así que le pedí un poco de tiempo para  preparar el terreno de mi ausencia de La Mixta, de modo que no se perdiera ahí lo que se había ganado en organización y disciplina.

Al salir del despacho del director, sale a mi encuentro el capellán de la penitenciaría diciéndome que quería mostrarme algo. Lo seguí desconfiado, pues sabía ya de su preferencia por los jóvenes efebos que caían a veces por tenencia o consumo de drogas,  y sus amaneramientos no me caían bien.

Lo que me llevó a mostrar eran unos viejos reclusos tirados por ahí. No había ya techo suficiente para albergarlos ni comida que alcanzara para ellos. Comían lo que podían cuando pasaba el tacho con comida deslizándose sobre unas rueditas que empujaba un celador malhumorado. Los pobres tipos se acercaban con una de esas cajas de tetrabricks cortada por la mitad, para recibir una cucharada de lo que fuera que hubiera en el tacho. Luego lo devoraban llevándoselo a la boca sin cubiertos, con las manos (roñosas, desde luego), como animales.

-Estoy seguro que usted puede hacer algo por estos –me dijo.

Volví al despacho del director y, agradeciéndole su ofrecimiento de La Granja, ya que estaba dispuesto a favorecerme de algún modo, le pedí que me cediera un local para albergar a  “presos de tercera edad”.

Ese fue el origen del Pabellón Escuelita, que paso a relatar.

….sigue leyendo mañana el capítulo 10 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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