Manual de supervivencia en el infierno (6)

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Ilustración de Tania Barceló, Tanuba.

Vuelve al capítulo 1, 2 , 3,  4  ó 5  si no los has leído todavía.

A La Mixta la constituían dos salones comunicados entre sí y un baño asqueroso. Tenía un único acceso por una puerta con rejas en uno de los salones. En el de atrás había un ventanuco rectangular enrejado y cubierto de un tejido de alambre como el de los gallineros, de un metro de largo y unos treinta centímetros de alto, paralelo y limitando con el techo.

Allí nos alojaron en total desorden a los más de treinta reclusos. De nuestras literas, que nos permitieron traer de arriba, yo pude elegir y ubicar la mía pegada al ventanuco, así lo tenía a un costado al mismo nivel que mi colchón en la cama alta de la litera.

Mi idea al ubicarme ahí era tener acceso próximo al aire del exterior. Sin embargo, la abertura daba a una especie de callejón interno, sin salida, donde algunos de esos pobres miserables se reunían a compartir unas pitadas de sus porritos conseguidos a precio de oro. El aire que se podía respirar, procedente del exterior, venía con un vaho a marihuana impresionante.

Algunos consiguieron traer dos ventiladores de techo que habíamos comprado en esos días y un entendido los instaló, uno de ellos a pocos centímetros sobre mi cabeza.

En las primeras horas aquello fue un caos. Todos se peleaban por elegir lo que consideraban mejores lugares. Yo me avivé y quedé quieto en mi litera, haciéndome el dormido, mientras los demás discutían a gritos, maldecían y  peleaban.

El temor a los demás presos del penal, que según se rumoreaba, vendrían a saquear nuestras pobres pertenencias a la noche,  me hizo recordar a las noches de campamento de mi adolescencia, donde había que prepararse para recibir a los asaltantes.

Conseguí imponer mi voz para aconsejar la formación de grupos de guardia e improvisar lanzas para defendernos fijando firmemente al extremo de palos de escoba prohibidos cuchillos y clavos, con alambres y cordeles improvisados, desarmando cosas.

Como el único lugar de acceso era la puerta enrejada, con dos  “lanceros” a la entrada, sería suficiente para defender ese paso. En caso del temido ataque, otros tenían la misión de hacer ruido con latas y cacerolas para que viniera la guardia a ver la causa del alboroto.

Esa noche no pasó nada. Excepto que empezaron a mirarme con otros ojos, como capaz de dirigir la manada esa y capaz de organizar algo razonable.

Se escuchaban historias terroríficas de lo que pasaba afuera. Circulaban rumores de cómo nos asaltarían y matarían para robarnos lo que pudiéramos tener allí, ya que éramos considerados los ricos del penal… al alcance.

Adentro, en nuestras dos “habitaciones”, todo era un asco y el aire irrespirable: la gente  fumaba, echaba cenizas y colillas al suelo, escupía en el piso donde tiraban cáscaras de mandarina, naranja, banana, hasta de sandías que le traían sus familiares.

Al tercer día, aprovechando la ascendencia que percibí tener sobre la  mayor parte de mis compañeros de prisión, batí palmas y pedí su atención. Estupefactos, quedaron atentos a ver de qué se trataba aquel insólito pedido.

Resumiendo: con mentiras de que había sido idea de este o aquel de los más pesados (cuyo nombre fingía no acordarme: “como dice… él… no me acuerdo su nombre…”) les propuse hacer un reglamento que firmaríamos todos y todos nos comprometeríamos a respetar. Reglamentaría, básicamente, sobre limpieza y seguridad.

Aceptaron y firmaron todos. Algunos a regañadientes. Pero firmaron. Naturalmente yo redacté el Reglamento de la Comisión Mixta, una de cuyas cláusulas me otorgaba la autoridad absoluta.

Eso fue sólo el principio.

….sigue leyendo mañana el capítulo 7 de los 18 que tiene esta novela.

Sigue a Raúl Silva Alonso en Facebook o lee la entrevista que le hice en La Fábrica de las Palabras.

 

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Raúl Silva Alonso
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Escritor
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